Las bellas extranjeras


Idioma original: rumano
Título original: Frumoasele străine
Año de publicación: 2010
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: muy recomendable

No puedo evitar entrar un poco en terrenos, erm, pantanosos. Me pilla la lectura de este libro en plena publicación de los datos de desempleo concernientes al primer trimestre en el estado español. Con un crecimiento del empleo que, calculadora en mano, viene a representar que se tardarían unos cinco siglos en recuperar los cinco millones largos de empleos que hacen falta. 

Y las series españolas más rancias siguen riéndose de los rumanos que acuden a España a por trabajo.

Mircea Cărtărescu usa un espléndido sentido del humor para reflejar esa especie de acomplejamiento al que ciertos estados han sumido a los ciudadanos rumanos, y yo empiezo a albergar el convencimiento de que pronto serán los españoles los que acudan a Rumanía a emplearse en aquello que a los rumanos no les apetezca hacer. 

Pero centremos la cuestión. 

Si Las bellas extranjeras se separara de los otros dos relatos que le acompañan aquí, tendría, quizás, no una entidad de novela primordial, pero ahí andaría. Indudablemente Ántrax, primer relato, y El viaje del hambre, tercero y último, parecen hacer las veces de prólogo y epílogo de la prolongada pieza principal, que es la que titula el libro: 180 páginas de experiencias en París (con oportunas e inspiradas divagaciones por la rememoración de otras situaciones) en las que el escritor rumano se muestra en plenitud de forma. Lo cual es mucho decir: lo que manifiesta Cărtărescu a través de su escritura me resulta difícil definirlo como otra cosa que, parafraseando a Calamaro, Honestidad brutal. Es un escritor consciente de pertenecer a un mundo literario casi desconocido. De no ser retribuído como las grandes firmas que menciona como referencias. De ser juzgado por su aspecto: escasa estatura, frondosa melena negra en la que las canas no afloran, lo cual le frustra. Puesto en duda incluso por sus compatriotas. Pero su respuesta como escritor es: seguir escribiendo, con tesón, con convicción, sin recato ni pudor alguno (salvo la curiosa costumbre de no usar malsonancias, o disimularlas con el uso de los puntos suspensivos). Y esta condición se filtra en su obra, y no sé a qué lector no le producirá empatía esa manera jocosa de referirse a ella, de lamentarse de sus precarias condiciones económicas, de la escasa asistencia a esos actos que Las bellas extranjeras(engañoso nombre atribuido al grupo de doce escritores rumanos que se pasean por París, entre eventos literarios de poco renombre) protagonizan. A sus pírricos y platónicos triunfos con las contadas admiradoras femeninas. Cada uno de sus párrafos, cómo enumera sus andanzas, cómo se regodea en su insignificancia, solamente agranda su condición de brillante cronista. Muy a tener en cuenta.

No hay comentarios: